La travesía del Desierto o Las Hurdes en la encrucijada imagológica-demográfica

la travesía del desierto

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La travesía del Desierto o Las Hurdes en la encrucijada imagológica-demográfica

David Matías y Celeste García Paredes

Universidad de Extremadura

Antiguos y esforzados son los relatos que han intentado vincular el origen de los primeros pobladores de la comarca de Las Hurdes, al norte de la provincia de Cáceres, con la presencia en el resto de la península de los distintos grupos que han dominado la Historia de España. Romanos, celtas e, incluso, cazadores-recolectores prehistóricos se habrían establecido en sus valles. Pero, a pesar de las leyendas, lo cierto es que los vestigios hallados (en especial, estelas y monedas) no bastan para garantizar la existencia de asentamientos en la zona ni, menos aún, para establecer una continuidad entre estos y las primeras poblaciones documentadas ya en la Baja Edad Media. Aunque la comarca se supone habitada desde finales del siglo XII, en el contexto de la Transierra leonesa, desde entonces también ha sido percibida como un Desierto. Un hito clave en esta Historia de Las Hurdes como tierra de nadie lo marca el año de 1289, cuando la villa de Granada donó la Dehesa de Jurde, como entonces se conocían las zonas centro y norte de la comarca, a la villa salmantina de La Alberca. Tras esta transferencia, siempre dentro de los dominios de la Casa de Alba, dueña de aquellas tierras, la nueva correa de transmisión del poder señorial mantuvo la prohibición de cultivar el suelo hurdano, instaurada desde antaño por los fueros leoneses por los que se regía la Transierra. De este modo, más que en una zona de nadie, la Dehesa se convertía en una tierra de dueños extranjeros. Despojados sus habitantes del derecho a explotar a su antojo el suelo que pisaban (potestad que desde entonces recaía exclusivamente en los albercanos), aquellas Hurdes Altas estaban condenadas al Desierto funcional.

Como consecuencia del aislamiento, cuando no del abandono, al que se vieron sometidas desde su misma fundación, Las Hurdes (confundidas con el vecino valle de Las Batuecas, ya en la provincia de Salamanca) engendraron una poderosa leyenda que habría de perdurar alrededor de cuatro siglos. Antes de que expirara el siglo XVI, Lope de Vega estrenaba Las Batuecas del duque de Alba, una comedia que pasa por ser el primer altavoz de un mito que hunde sus raíces en la tradición popular. La protagonista de la obra, Brianda, exclamaría ante los montes hurdanos: Asperisimas peñas donde apenas / Avrá jamas llegado estampa humana”. Ella las había alcanzado huyendo junto con su amante, don Juan, de la ira de su señor el duque. Pues el Desierto era aquel territorio donde, en la tradición judeocristiana, los anacoretas se refugiaban de las persecuciones políticas o de las tentaciones del mundo, pero también donde el demonio intentó seducir a Jesucristo ofreciéndole el gobierno de las naciones. Es, pues, desde aquel modo de mirar el mundo desde donde un buen número de autores, encabezados por el propio Lope, hicieron de aquellos barrancos habitación de monstruos y demonios. Ya en la Crónica de la Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen, fray José de Santa Teresa se hacía eco de los rumores que ubicaban fantasmas y demonios en el valle de Las Batuecas, donde los carmelitas habían iniciado los preparativos para erigir un nuevo convento en 1597. Mientras Benito jerónimo Feijoo en su Theatro Crítico Universal y Antonio Ponz en su Viage de España, dieron crédito a la fábula a lo largo del siglo XVIII, el epígono de Lope Juan Matos Fragoso, Juan Eugenio Hartzenbusch y la francesa madame de Genlis explotaron el elemento mágico del valle en alguna de sus obras. Con el paso lento de la Modernidad, llegaría a la península el vendedor de biblias inglés George Borrow, que en The Bible in Spain (1842) poblaría Las Batuecas y sus inmediaciones de míticos monstruos acuáticos, de un modo que solo tendría parangón en la propia mitología hurdana, autora de un relato cosmogónico protagonizado por seres fabulosos. Debido quizá al aislamiento secular de la comarca, hoy se trata de una de las mitologías mejor conservadas de Extremadura. Desde el último cuarto del siglo XX, de hecho, ha venido siendo reelaborada por la ufología y el estudio de lo paranormal, con especial intensidad en los libros y los programas de radio y televisión del periodista Íker Jiménez.

Si bien todo apunta a que fue la tensión entre la presencia y la ausencia de la Iglesia la que generó la imagen de Las Hurdes como un Desierto habitado por monstruos y demonios, no puede negarse que los religiosos destinados a la zona lucharon con denuedo por hacerla retroceder, llegando a armar una poderosa contrafigura. Frente a la mitificación del territorio que orquestó el teatro barroco, la Iglesia, como punta de lanza de un Estado en ciernes, intentaría recuperarlo en aras de la civilización. Ya en 1599, como apuntábamos antes, una congregación de carmelitas descalzos inauguraba el santo desierto de San José del Monte Batuecas. Mucho antes, desde hacía algunos siglos, el convento de Nuestra Señora de Los Ángeles se levantaba sobre la ladera septentrional del valle homónimo, próximo a la alquería hurdana de Ovejuela, al sur de la comarca. Cuenta la leyenda que pudo haberlo fundado el mismo San Francisco de Asís de camino a Portugal. No muy lejos de allí, sobre una de las cumbres de la sierra de Altamira, en el término de Casar de Palomero, se erigía otro monasterio franciscano, el de San Marcos, también perteneciente a la provincia de San Gabriel. Durante el reinado de Felipe IV, finalmente, la geografía entonces indefinida de Las Batuecas y Las Hurdes se convirtió en objeto específico de otra potente acción eclesiástica ensayada durante la conquista de Asia y América: las misiones populares de la Compañía de Jesús. Pero aún hay más: la acción evangelizadora de los tres cenobios mencionados era auxiliada por un complejo y más amplio dispositivo eclesiástico, cuyo perímetro podemos identificar con el del cinturón de monasterios que rodeaba la región, entre los que descollaban el también franciscano de Nuestra Señora de Monteceli del Hoyo, en la vecina Sierra de Gata, y, por supuesto, el de Nuestra Señora de la Peña de Francia. Era en el interior de aquel entramado donde tenía lugar la actuación de la propia diócesis de Coria, bien por medio de sus parroquias hurdanas, bien a través directamente de la labor personal de sus obispos. 

Fracasado el proyecto evangelizador o, lo que es lo mismo, civilizador de la Iglesia, no faltaron propuestas para descolonizar la comarca y reducirla al páramo. Toda ciudad, donde vale decir: toda población humana, aspira a devenir en Desierto. “Este será desde entonces, para aquélla, grado cero (pero simultáneamente: destino); origen (y también: final, catástrofe); génesis (y apocalipsis correspondiente)” (R. de la Flor 1992: 7). En un auto datado en 1737, el obispo de Coria Miguel Vicente Cebrián formulaba su deseo de reagrupar a todos los batuecos en los pueblos con parroquia y desalojar el resto de la región. Planeaba invertir doce mil ducados en la fábrica de casas nuevas. Una intervención exterior que, de haberse llevado a cabo, sin duda habría generado un impacto decisivo en la configuración de la arquitectura tradicional hurdana, convertida hoy en una de sus señas de identidad más reconocibles. Solo un año después, el prior del convento de San José respondía a un cuestionario en el que el fiscal episcopal solicitaba su opinión sobre tales asuntos. Alonso del Espíritu Santo expresaba su conformidad con la intención del obispo de demoler “todas las casas de las alquerías sin que quede una de ellas”, quemar las haciendas de las mismas e impedir “plantar y cultivar aquella tierra”. Solo presenciar la vida de “brutos” que “en una corta choza” llevaban juntos “hombres, mujeres, niños y animales” hubiera bastado “para que aun volver los ojos a sus haciendas se les prohibiera a aquellos moradores, como lo hizo Dios con Loth y su familia”. Con todo, fray Alonso se permitía recordar las inmensas dificultades de una empresa que ya proyectara Juan Porras y Atienza, obispo de Coria durante la última década del siglo XVII. En efecto, por más que Porras y Cebrián coincidieran en percibir aquellos valles como un Desierto que había que descolonizar parcialmente para, posteriormente, volver a reordenarlo, su visión se desintegró contra la férrea resistencia al cambio de los hurdanos, tan apegados a sus tierras.

A mediados del siglo XIX, la visión de la comarca como un Desierto ante el que la Historia y la Geografía se habían detenido, ante cuyas fronteras se interrumpía toda posibilidad de civilización, obtendría nuevo impulso gracias, y quizá paradójicamente, a la abrumadora repercusión del Diccionario geográfico-estadístico-histórico de Pascual Madoz. “Este pais casi desconocido en el resto de la nacion”, aseguraba la entrada dedicada a “Hurdes”, “forma un verdadero paréntesis, no solo en la materialidad de su posicion, respecto á los pueblos que le rodean, sino tambien en las ideas, en las costumbres, en la religion y hasta en el progreso de la especie humana”. Un auténtico paréntesis, enfatizamos, una tierra baldía hostil a su mismo conocimiento: “Lo poco que de él se ha escrito”, proseguía el diccionario, “está lleno de inexactitudes y de faltas” (Madoz 1847: 361). A continuación, Madoz intentaba llenar ese vacío con una tremendista descripción de la degeneración de los hurdanos que no tardaría en ser refrendada por la medicina positivista de Crotontilo, pseudónimo de José González Castro. Después de tres años como médico rural de la Abadía, un pueblo cercano por el que pasaban aquellos campesinos de camino a la siega estival, llegó a la conclusión de que la cuestión de Las Jurdes no tenía “más que una solución”, concerniente al Gobierno: “despoblar por completo tan mísero país”. Su idea debía ponerse en práctica recurriendo al ejército si fuera necesario “allá en los desiertos ingratos del brezo y la jara, donde la vegetación se muere por falta de tierra y agua, bajo un sol africano que hace saltar fragmentos de pizarra”. De las alquerías de Las Jurdes Altas, insistía, “que no quede piedra sobre piedra”, ya que “no serán nunca otra cosa que un territorio baldío incapaz de sustentar al hombre civilizado” (377). Crotontilo ofrecía su plan a la prensa, pero los periódicos no recogieron el guante hasta que el rey Alfonso XIII decidió visitar la comarca durante el verano de 1922.

Acuciado por la polémica y la inestabilidad política que había suscitado su gestión de la batalla de Annual un año antes, con la guerra de Marruecos quizá en su punto álgido, el monarca se convirtió en el primer jefe de Estado que viajaba a Las Hurdes. Su periplo de tres días fue objeto de una amplia propaganda en las primeras páginas de la prensa católica y conservadora. Diarios como La Acción, La Época o ABC se hicieron eco del debate entre los que abogaban por civilizar aquellos valles y los que, encabezados por un anónimo duque de G., clamaban por descolonizarlos definitivamente. El 20 de junio, Alberto Insúa decía en La Voz: “Las Jurdes son una comarca inhabitable. Los jurdanos son una raza depauperada e idiotizada porque les ha faltado siempre nutrición. Pues basta impedir que habiten hombres en una comarca inhabitable para que esta clase de hombres cese de existir”. El periodista se mostraba contrario al enlace de los jurdanos en la emigración y negaba el derecho natural de los mismos, “hombres o mujeres, en manifiesto estado de cretinismo”, a “reproducirse, a sentir la atracción amorosa, a cumplir al acto específico de la vida orgánica”. Autoproclamado adalid del “bien común”, apostaba por la eugenesia como parte de la solución, pues “para los jurdanos víctimas del enanismo y cretinismo” le parecía “más útil el asilo o el hospicio que el gineceo”. Aquellos campesinos “no se quejarian si se crease para ellos una a modo de cartuja-hospital, donde cada uno tuviese su celda y su pequeño jardin”, lejos de “aquella tierra hórrida, inhóspita, homicida, donde se atrofian hasta las cabras”. “No sé si usted sabrá”, concluía con sorna, “que los imbéciles están muy bien condicionados para la vida contemplativa”.

En otro artículo publicado un día después que el de Insúa, el 21 de junio de 1922, el periodista Fabián Vidal aún se sorprendía de la resistencia de los lugareños a la descolonización de sus valles. “Se aferran a sus riscos, a sus huertecillos, cuya tierra vegetal fué transportada saco a saco y aun cesto a cesto”. Parecía que no quisieran habitar en la España “normal”, más allá de Casar de Palomero. Algunos hurdanos habían llegado a emigrar, pero la mayoría terminaba regresando a sus propiedades. Finalmente, pese a la vehemencia con que intervinieron diarios y periodistas, su propuesta de despoblar Las Hurdes terminó convirtiéndose en papel mojado. Alfonso XIII debió de dejarse llevar por el autorizado consejo de prohombres como Gregorio Marañón o el obispo de Coria Pedro Segura. Ambos formaron parte de la comitiva que le acompañó en su expedición por la comarca y siempre se mostraron partidarios de la intervención estatal. A pesar de que el diario La Época proclamara que la “evacuación” era la única forma de rescatar a aquellos “jurdanos montañeses” de la “maldición geográfica” que les envolvía. A la vuelta de su marcha triunfal, el monarca mandó fundar el Real Patronato de Las Hurdes con el objetivo de regenerar aquellos valles y sacar a sus habitantes de la extrema pobreza. En marzo de 1930, regresaba al norte de Cáceres para comprobar en persona los progresos de las obras de modernización emprendidas ocho años atrás.

En la primavera de 1933, Luis Buñuel y su equipo llegaban a Las Hurdes para contradecir con su famoso y polémico documental, Tierra sin pan, la exagerada propaganda que, de nuevo, había merecido la segunda visita real. La cinta se abre y se cierra con dos panorámicas de los montes hurdanos que evocan la inminencia del Desierto, las nociones de la carestía y la ausencia que el espectador no tardará en ver materializadas. Imágenes de una pobreza extrema que ni la acción gubernamental había conseguido erradicar ni la prensa conservadora silenciar. Aún habría que esperar hasta 1960 para conocer qué pensaban los hurdanos de su propia descolonización: Caminando por Las Hurdes, el libro de viaje de Antonio Ferres y Armando López Salinas, herederos literarios de Buñuel, se convirtió en uno de los primeros textos en que podía oírse la voz de aquellos campesinos. Gil y el resto de pastores de la alquería de El Gasco nunca dejarían Las Hurdes para trabajar para otros. Solo las abandonarían por una tierra que cultivar para sí mismos, suya en propiedad. Pero, contra las expectativas de Gil, lo cierto es que, por aquellas mismas fechas, los hurdanos habían empezado a abandonar su tierra en dirección a la ciudad. Desde 1940 hasta, aproximadamente, la década de los años 80 del siglo XX, emigraron casi siete mil personas, “un 90% de la población” residente en la primera fecha (Gurría Gascón y Mora Aliseda 1994: 299). En el marco de la fuerte emigración interior que siguió al Primer Plan de Desarrollo franquista, durante la década de 1970 este auténtico éxodo llegó a intensificarse. Es decir, puede afirmarse que el acceso de los hurdanos al mercado laboral del sistema capitalista logró lo que ni la Iglesia ni la monarquía habían conseguido: iniciar el proceso de despoblación de la comarca. Envejecidas demográficamente, lastradas por una tasa de crecimiento negativa, Las Hurdes, en suma, pasaban así de haber constituido un país de Destierro y acogida para sujetos de toda condición a emprender, quizá, su último viaje: una larga travesía hacia el Desierto definitivo.

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2 respuestas a La travesía del Desierto o Las Hurdes en la encrucijada imagológica-demográfica

  1. Este artículo es impresionante. Enhorabuena David!.

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