Mi alma niña y niño

Luis Buñuel disfrazado de monja.

A lo largo de este libro, hablo aquí y allí de amor y de los amores que forman parte de toda existencia. En mi infancia conocí los sentimientos amorosos más intensos, ajenos a toda atracción sexual, hacia niñas de mi edad, y también hacia niños. Mi alma niña y niño, como decía Lorca. Se trataba de un amor platónico en estado puro. Me sentía enamorado a la manera como un fervoroso monje puede amar a la Virgen María. La sola idea de que yo podía tocar el sexo de una muchacha, o sus senos, o sentir su lengua contra la mía, me repugnaba.

Estos amores románticos duraron hasta mi iniciación sexual -que se realizó con toda normalidad en un burdel de Zaragoza- y dejaron paso a los deseos habituales, pero sin desaparecer nunca por entero. Con bastante frecuencia, como a lo largo de este libro puede observarse en varias ocasiones, he sostenido relaciones platónicas con mujeres de las que me sentía enamorado. A veces, estos sentimientos surgidos del corazón se mezclaban con pensamientos eróticos, pero no siempre.

(…) En nuestra juventud, no nos agradaban los pederastas. Ya he contado mi reacción cuando tuve noticia de las sospechas que recaían sobre Federico. Debo añadir que yo llegué a desempeñar el papel de agente provocador en un urinario madrileño. Mis amigos esperaban afuera, yo entraba en el edículo y representaba mi papel de cebo. Una tarde, un hombre se inclinó hacia mí. Cuando el desgraciado salía del urinario, le dimos una paliza, cosa que hoy me parece absurda.

En aquella época, la homosexualidad era en España algo oscuro y secreto. En Madrid solamente se conocían tres o cuatro pederastas declarados, oficiales (…).

Por diversas razones -en el primer lugar de las cuales se encuentra, sin duda, mi timidez-, la mayoría de las mujeres que me gustaban permanecieron inaccesibles para mí. Sin duda también, yo no les gustaba. En cambio, me ha ocurrido verme perseguido por algunas mujeres hacia las que no me sentía atraído. Esta segunda situación me parece más desagradable aún que la primera. Prefiero amar que ser amado.

Luis Buñuel, Mi último suspiro, Esplugues de Llobregat: Plaza & Janés, 1982, pp. 143-145.

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