La dominación albercana y el origen del mito de Las Batuecas y Las Hurdes

Venancio Gombau, 1911.

Venancio Gombau, 1911.

“En efecto, Diego Muñoz Torrero, que llegará a ser presidente de las Cortes de Cádiz y rector de la Universidad de Salamanca, es quien inicia, en 1823, el proceso  para la abolición de las ‘visitas’ del Concejo de La Alberca a los concejos de Las Hurdes. Visitas que, en realidad, eran instrumento de represión, sin base legal, mediante el cual se cobraban impuestos, se imponían multas y se decretaban prohibiciones de toda naturaleza.

Conservamos una descripción de cómo eran esas ‘visitas’ y de su lectura se deduce que las mismas, apoyadas por las ‘Ordenanzas’, fueron, sin duda, las que yugularon toda posibilidad de progreso en Las Hurdes:

El Concejo de Franqueado está como queda dicho en baldíos del Duque de Alba, y sus habitantes pueden hacer libremente descuajos si encuentran terreno a propósito, pero los otros sufren todos los años una visita compuesta por el Alcalde, escribano y alguacil del lugar de La Alberca, todos asalariados, los cuales obligan al alcalde del Concejo a acompañarles para recorrer todos los sitios y alquerías y por cada descuajo que encuentran imponen veintiún reales de multa… Obligan además a aquellos infelices a ir a La Alberca a sacar cartas de dote, cuyos derechos ascienden a trece reales… Sobre ésta y otras vejaciones han intentado pleito dos veces aquellos concejos, pero como carecen absolutamente de recursos no han podido seguirlos.

En 1835 quedaron anulados, al parecer, los Ordenamientos de La Alberca, pero el oscurantismo y el sistema de relaciones fundado en la costumbre de carácter feudal debió pervivir muchos años todavía, como asegura Barrantes:

La supresión de los privilegios no fue verosímilmente conocida por los jurdanos, que viven fuera del mundo, y siguieron reinando allí las mismas costumbres tradicionales, y siguió La Alberca siendo señora del territorio ilegalmente. También de estos ejemplos hay tantos en Extremadura, que por no distraer la atención del lector lo remitimos a nuestro Aparato para su historia, donde se describe a la larga como fuentes de la corrupción social y religiosa en que hoy yacen algunos pueblos extremeños. A la sombra de las Ordenanzas antiguas se habían ido creando unos como feudos particulares, pues cada jurdano que poseía un pedazo de tierra cultivado, un ruedo de olivar o un hatillo de cabras, acudía en us apuros a un vecino de La Alberca, que se lo compraba o le prestaba dinero a usura.

[…] Desde este momento entonces, momento que podemos situar a la altura de la década de los noventa del siglo XIX, el discurso histórico ha encontrado por fin la estructura de relación social que ha dado lugar al mito, como si se tratara de una estrategia manipuladora:

De aquí naturalmente, y para cohonestar tantos abusos, han salido en todo tiempo las calumnias contra los jurdanos; pintándolos como salvajes sodomitas, para que nadie se interese por ellos. De La Alberca eran los pastores que en el siglo XVI hicieron creer a los primeros frailes de Las Batuecas que el valle estaba habitado por demonios. De allí se enviaron las relaciones horripilantes que hizo suyas el Dr. Velasco. Allí mismo hace una década nada más se decía al Sr. Pizarro que iba a recorrer un país extremadamente pobre, ocupado por una población huraña, idiota, semisalvaje, incapaz de todo progreso material y moral. ‘Lo primero’, escribe en su Memoria, ‘es relativamente cierto; pero el segundo concepto es exagerado’.”

Fernando R. de la Flor, De Las Batuecas a Las Hurdes. Fragmentos para una historia mítica de Extremadura, Mérida: Editora regional de Extremadura, 1999 [1989].

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