Ciudad, ciberespacio, naturaleza (muerta)

De aquel territorio al que define lo local, lo “provinciano”1, como verdadero “teatro” de acciones cotidianas2, el cual tiene, incluso, ¿por qué no?, un punto de conexión con lo costumbrista (de lo que también extrae su paradójica fuerza3), ¿qué cabe decir? Acaso que lo más determinante ahora mismo de él y la causa por la que, en definitiva, resulta difícil pensarlo y valorarlo –y mucho más en estos momentos nuestros que viven en la conciencia de una efectiva “muerte del pasado”4–, es que choca de modo frontal con la hegemonía absoluta que hoy tienen en el imaginario las grandes urbes por un lado, que ya no proveen de sentimientos de pertenencia, y, por otro, la existencia de una espacialidad ilimitada a la que se entrega lo virtual5. Es un lugar y espacio singular aquel último creado ex novo, donde, en realidad, hemos asistido en los últimos años a la auto-generación de un nuevo tipo de super espacialidad: el ciberespacio, la nueva “ciudad electrónica”, las e-villages o e-communities6.

Estos son, pues, los dos vectores que rigen hoy el imaginario de nuestros días, y a los que forzosamente quedan referidos los mas significativos de los discursos de simbolización que puedan hoy ser trenzados. Mientras, instalados en ese proceso, la antigua cultura de lo local, del campo, de la provincia sucede que ha sido súbitamente despojada de su condición de “otro” de lo mega o hiperurbano, y, sencillamente, para las tesis postmodernas de mayor circulación, ha dejado de hecho de ser objeto de consideración. Ha caído, o decaído, por ejemplo, toda referencia directa a una “naturaleza”, que ya no se cree que exista en parte alguna, y que, por otra parte, es un concepto que en este análisis evitaré utilizar, tan vacío de sentido lo encuentro7 Cesando en la representación de función dialéctica alguna o de oposición, y asimismo dimitiendo del valor de antónimo –de “lugar otro”– que sí alcanzó a tener en una tradición consagrada, pero ya muerta. Empieza, pues, a no tener existencia un “afuera” de la lógica metropolitana, ni un discurso que no considere el espacio virtual8.

1 El término será siempre, en la medida de lo posible, rehuido por la crítica. Por ejemplo, para el caso de Antonio Gamoneda se prefiere la utilización á la page de “espacio”. Véase Francisco Martínez, Gamoneda: una poética temporalizada en el espacio leonés. León, Universidad, 1991, 25-50. También los propios poetas harán lo posible por eludir ser vinculados con proceso alguno de provincianización. Aunque podemos señalar excepciones, como las de Andrés González Blanco en sus Poemas de provincia y otros poemas (1910), o, en otro orden de cosas, el gesto de Antonio Gamoneda arriesgándose a fundar una colección bajo el nombre de “Provincia” en la Institución Fray Bernardino de Sahagún.

2 Claudio Rodríguez fue el cantor de una vida cotidiana en cuya reivindicación coincide con el situacionismo, que eclosionó en Europa en los tiempos de su juventud. Sobre el asunto, Guy Debord pudo escribir: “Aún tenemos que colocar la vida cotidiana en el centro de todo. La vida cotidiana es la medida de todas las cosas: de la realización, o, mejor dicho, de la no realización de las relaciones humanas, del uso del tiempo vivido, de la experimentación artística, de la política revolucionaria” (en Internacional Situacionista, 6. Cit. por Silvia Plant, El gesto más radical. La I.S. en una época postmoderna. Madrid, Errata Naturae, 2008, 116). En este punto es preciso también consultar Henri Lefebvre, Crítica de la vida cotidiana. México, Siglo XXI, 1972.

3 Costumbrismo que es un verdadero escollo para la crítica que se ha ocupado del poeta, que tiene que emplearse a fondo para desecharlo y depurar su obra de todo resto del mismo, como sucede con Ángel Luis Prieto de Paula en su análisis de Conjuros (La llama y la ceniza. Introducción a la poesía de Claudio Rodríguez. Salamanca, Universidad, 1989, 125 y ss.).

4 “La debilitación actual del pasado tiene causas más hondas; y sus raíces se adentran en las entrañas de la sociedad industrial que, a diferencia de sus antecesoras de base comercial, artesanal y agraria, para nada necesita del pasado, su brújula intelectual y emotiva no tiene por norte la conservación, sino la mudanza”. John H. Plumb, La Muerte del pasado. Barcelona, Barral Editores, 1974, 14.

5 Lo hizo observar en su día, de nuevo, Ángel Luis Prieto de Paula: “[Poesía] proclive a la referencia geográfica, asentada frecuentemente en un ámbito rural o provinciano y, en fin, despojada temáticamente de cuanto solemos entender por progreso” (La llama y la ceniza. Introducción a la poesía de Claudio Rodríguez…, 50).

6 Sobre la que, de entre los innumerables textos analíticos que se han escrito últimamente, tal vez convenga destacar aquí, por su proclividad a la especialización activa del fenómeno cibernético, el de Andoni Alonso e Iñaki Arzoz, La ciudad de Dios. Madrid, Siruela, 2002. Tal ciudad ha podido ser calificada también como de “ciudad nerviosa”, ello por Enrique Vila-Matas, Desde una ciudad nerviosa. Madrid, Alfaguara, 2000.

7 Un texto teórico en donde se da a la naturaleza por “muerta”, y se sustituye su noción por la de “ambiente” es el de Roberto Fernández, “Naturaleza muerta. Notas sobre escenas ecopolíticas del fin de milenio”, en http://www.revista-theomai.unq-edu.ar/numero17/Artfernandez.pdf

8 Esto por razones que han expuesto demoradamente Deleuze y Guattari en la descripción que hacen de lo que ha sido el proceso de desterritorialización capitalista, para el cual cualquier cosa que tuviera una situación permanente y estable en el espacio ofrece una resistencia al cambio, al intercambio y la circulación y, por lo tanto, tiene que desaparecer, ser barrida (Guilles Deleuze; Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia, Pre-Textos, 1995).

Fernando R. de la Flor, Contra(post)modernos, Cáceres: Periférica, 2013.

Hace unos meses tuve la inmensa suerte de ocuparme de la revisión de la edición de este libro que reúne tres ensayos sobre la Disidencia, la Provincia y la Carencia o, lo que es lo mismo, “tres lecturas intempestivas”, como las define su autor, de la obra de Miguel Espinosa, Claudio Rodríguez y Antonio Gamoneda. Vueltas que da la vida: R. de la Flor fue el maestro del que ahora es el mío: Enrique Santos Unamuno. Otra razón para sentirme afortunado.

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