Amnesia colectiva (conexión Alemania-España)

“Me di cuenta entonces de qué poca práctica tenía en recordar y cuánto, por el contrario, debía de haberme esforzado siempre por no recordar en lo posible nada y evitar todo lo que, de un modo o de otro, se refería mi desconocido origen. Así, por inconcebible que hoy me parezca, no sabía nada de la conquista de Europa por los alemanes, del Estado de esclavos que establecieron, ni de la persecución a la que yo había escapado, o si algo sabía, no era más de lo que sabe la chica de una tienda, por ejemplo, de la peste o del cólera. Para mí, el mundo acababa al terminar el siglo XIX. Más allá no me atrevía a ir, aunque, en realidad, toda la historia de la arquitectura y la civilización de la edad burguesa que yo investigaba se orientaba hacia la catástrofe que ya se perfilaba entonces. No leía periódicos, porque, como hoy sé, temía revelaciones desagradables, encendía la radio sólo a horas determinadas, perfeccionaba cada vez más mis reacciones defensivas y creaba una especie de sistema de cuarentena e inmunidad que, al mantenerme en un espacio cada vez más estrecho, me ponía a salvo de todo lo que de algún modo, por remoto que fuera, estuviera en relación con mi historia anterior. Además, me ocupaba continuamente de aquella acumulación de conocimientos que había continuado durante decenios y que me servía de memoria sustitutiva y compensatoria, y si, a pesar de todas las precauciones, como no podía dejar de ocurrir, me llegaba alguna noticia peligrosa para mí, era evidentemente capaz de cerrar ojos u oídos y, en pocas palabras, de olvidar aquellos como cualquier otra molestia.”

W. G. Sebald, Austerlitz, Barcelona: Anagrama, 2002, pp. 142-143.

“Para mí, el mundo acababa al terminar el siglo XIX”. Esta frase contiene una buena explicación de por qué no me gustó Austerlitz (algo que no deja de inquietarme, pues Sebald es uno de los favoritos de algunos lectores a los que admiro). Los lugares por los que transita la novela no tienen vida, no albergan apenas personajes: son, repito, espacios muertos, fijos. Al principio de La production de l’espace, Lefebvre reprocha a Foucault (y a la plana mayor del estructuralismo francés) no haberse molestado en dar el salto del espacio teórico, el mental, el de los filósofos, al espacio práctico, el social, allí donde tiene lugar la vida cotidiana. El solipsismo enfermizo de Austerlitz (alumno aventajado de Foucault y, como él, incansable estudioso de la arquitectura europea) es una sinécdoque de la amnesia colectiva que, quizá más aún que en Alemania, padecemos en España. De eso que Enrique Santos Unamuno llama “Alzheimer social y programado“. Aunque a él sí le gusta Sebald.

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