Yo era una mujer casada de César Aira: impresiones de lectura

Garabateé estos párrafos allá por abril o mayo de 2011, en un par de folios que cogí del escritorio de la zona de trabajo de la galería Casa sin fin, el mismo sitio en que encontré esta edición de Yo era una mujer casada y donde esperaba a que entraran visitantes a los que enseñarles la galería:

Esta es una novela sobre el horror (no de terror, no es, por supuesto, de género), el horror cotidiano, el de los pobres, el de las privaciones, el del matrimonio. Y la constatación de que no hay peor horror que el interior, el que reside en nuestra imaginación, el que se activa, sobre todo, cuando no se cumplen nuestras expectativas. Cuando no tenemos problemas, los inventamos. No es que Gladys, la narradora, no los tenga: claro que sí, pero las privaciones, el maltrato y la falta de cariño han exacerbado su imaginación, su percepción de lo horrible. Su marido es un borracho y un adicto con ínfulas de artista, un delincuente de barrio (otra vez: creatividad y delito), pero no un asesino como ella llega a suponerlo. La imaginación de Gladys se impone a su percepción, se confunde con ella, ambas llegan a ser lo mismo y, como según sus comentaristas parece que es habitual en Aira, la narración vuelve sobre sí misma (“Me di cuenta al escribir el párrafo anterior”, p. 11), se resume, es decir, intenta orientar, dirigir, nuestra memoria, nuestra lectura (nuestra percepción de los hechos leídos), intenta volvernos Gladys, una mujer casada, se retroalimenta para avanzar.

La broma del marido que hace pasar dos esculturas de cabezas por las de los padres de la protagonista y la actuación del niño son dos performances cuyo espectador es Gladys y, a través de ella, el lector. Escenas que hacen aflorar una leve crítica del arte como espectáculo y la culpa que, típica de la mujer maltratada, que no sabe si lo que teme es real, domina toda su narración-percepción. Es una narradora de cierto nivel intelectual: reflexiona sobre el arte y, por más que ceda ante ella, sabe desconfiar de su propia percepción. Su imaginación del encuentro entre sus padres y su marido (mise en abyme) y su reflexión metanarrativa sobre los límites entre el relato fantástico y el realista nos dan las claves sobre cómo leer esta novela.

Gladys nunca ha visto al escultor de las falsas cabezas de sus padres: él y su marido pueden ser la misma persona.

Marido y mujer, capaz de hilar argumentos históricos-artísticos de consuelo, son una insólita mezcla de pobres e intelectuales, como quizá sólo pueda darse en los barrios de Buenos Aires. Gladys sufre más cuando está sola, “en compañía de sus fantasmas”, que cuando está con él. A pesar de sus elucubraciones y exageraciones, la primera persona consigue que la novela nunca deje de ser realista del todo, la vuelve, repito, un aviso contra la percepción, contra las representaciones del narrador.

De la suma de las variables matrimonio y trabajo resulta un matrimonio proletario (un “matrimonio arqueológico”, p. 47) en el que la esposa tiene que trabajar para mantener la casa y al marido-delicuente. Tiene que trabajar incluso para pagar su viaje por la periferia bonaerense hasta su puesto de trabajo, pero ¿quién le paga, por cierto, o le devuelve las horas que emplea en desplazarse desde su casa a su trabajo?

Otra clave: “Yo me sentía sola y única”, p. 50. La soledad nos hace únicos, impide la confrontación, la comparación, la segunda opinión. Ante el fracaso de la exterior, su vida interior es todo para Gladys. Se imagina a un grupo de amigas, abstractas y despersonalizadas pero al mismo tiempo con rulos, de barrio, que la llaman por un nombre inventado: Gladys.

Aira instala su novela en un ángulo peligroso: el que convierte a una mujer maltratada en fantasiosa. Sin embargo, yo prefiero “hacer decir” a mi lectura (como recomienda el gran Tabarovski) que el maltrato, siquiera “artístico”, espectacular y cruel pero apenas físico, existe y perturba o altera la percepción de Gladys, que se idealiza y llega a verse como mártir y a bordar sus alucinaciones.

Días después de leer Yo era una mujer casada, paseando por la calle Colón de Cáceres oigo discutir a una pareja:

—Ni se te ocurra comprar más cervezas ni nada de eso —dice ella.

—¿Por qué no? —se lamenta él.

—Porque luego te pasas la tarde quejándote de la barriga como un imbécil y ni me sacas de paseo ni na.

Una pareja antagónica de la formada por Gladys y su marido pero que bien podría vivir en su mismo barrio.

Junto a la culpa, la autocompasión.

Gladys decide que escribir su historia merecería la pena justo cuando se queda a oscuras (le “cortan la luz” porque ha perdido el trabajo y no puede seguir pagando las facturas) y la tos la deja sin voz (el malestar emocional que le provoca su fallido matrimonio se transmuta en una enfermedad que se manifiesta físicamente en su cuerpo). Su historia será una narración, esta novela, en la que unas veces el circunloquio demora el avance de la trama, leve y a veces inconexa pero existente, y que otras salta hacia adelante y se anticipa a sí misma.

Esta es una novela sobre la máscara, la representación que nos hacemos de nosotros mismos, y el payaso, la emancipación de una mujer por medio de la victoria de la risa que provocamos en los otros sobre las lágrimas propias.

¿Qué es Yo era una mujer casada?

  1. Una historia sobre el fracaso del matrimonio.
  2. Una poética.
  3. A menudo una alegoría de otra cosa.
  4. Un flyer que anuncia los servicios de un payaso.
  5. Todas las anteriores.

César Aira, Yo era una mujer casada, Santiago de Chile: Cuneta, 2010.

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