Así era (es) la vida en el campo

© Helen Levitt

Los niños de mi pueblo nos juntábamos en grupos de diez o quince para perseguir gatos. Los acorralábamos y los asustábamos para que abandonaran los coches bajo los que se escondían. El objetivo era matarlos a patadas. Por suerte para los gatos, no sabíamos coordinarnos y casi siempre lograban escapar. Nunca presencié la muerte de un gato, pero los mayores se jactaban de haber limpiado el pueblo de ellos. Cuando yo era niño apenas se veían gatos por la calle.

Como nosotros, los personajes de los relatos de Herta Müller son crueles, pero no malvados, es decir, no lo son por naturaleza, sino porque la cultura rural convive con la muerte ajena de forma cotidiana: en el campo se mata a los “alimentos” que comemos. En la ciudad esta relación está oculta: apenas percibimos la comida como algo que estuvo vivo. Julián lo explica mejor que yo. También la propia Herta o, con más exactitud, la niña que quizá fue:

“Arrebujamos a los gatitos en vestidos de muñecas, los atamos a la cuna y los mecemos para que se duerman. Yo les canto nanas y los acuno hasta marearlos. El pelaje se les eriza bajo la ropa, y pronto se les enturbian los ojos hinchados y del hocico les sale baba y una especie de vómito lechoso.

El abuelo corta los cordones y los libera. Aún se tambalean un momento; luego el pelaje se les vuelve a poner liso aunque siguen caminando como en el vacío, sin pisar el suelo, sin vida, con la mirada perdida en el verano.

Las mariposas alzan el vuelo desde las vides y bailan por encima del patio.

Cazamos mariposas de la col con venas quebradizas en las alas. Esperamos oír sus gritos cuando las atravesamos con un alfiler, pero no tienen huesos en el cuerpo, son livianas y sólo pueden volar, y eso no basta cuando es verano en todas partes.

Aletean en el alfiler hasta que mueren.

En dialecto suabo se llama “carroña”, Luder, al cadáver de un animal. Una mariposa no puede ser carroña. Se consume sin pudrirse.

Moscas en la jofaina, zumbido loco y ahogado de ventiladores en el cubo de leche agria. Moscas sobre la superficie gris del agua jabonosa en la jofaina. Ojos hinchados, lengüeta estirada que pincha el agua, patitas finísimas que se agitan rabiosamente.

Pronto llega el último temblor y el bicho se queda en la superficie, cada vez más liviano de pura muerte.

Por cada mariposa se me pegan dos gotas de sangre bajo las uñas de los dedos. La cabeza cercenada de la mosca cae de mi mano al suelo como semilla de mala hierba.

El abuelo nos dejaba jugar.

Sólo hay que dejar vivir a las golondrinas, son animales útiles, decía. Y usaba la palabra “dañino” para las mariposas de la col, y “carroña” para los innumerables perros muertos.

Las orugas, que en realidad son mariposas, salen de sus crisálidas. Crisálidas pegadas a las estacas de las vides; algodón ciego.

¿Y de dónde llegó la primera mariposa, abuelo?

Déjate de hacer preguntas tontas, que eso no lo sabe nadie, y vete a jugar.”

Herta Müller, En tierras bajas, Diario Público, 2010, p. 18.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en lecturas y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s