Acción individual y colectiva

“Algún día los jóvenes sin futuro tomarán las armas y colgarán boca abajo a los traidores a este país”, escribió en su carta de despedida Dimitris Christoulas, un farmacéutico jubilado de 77 años, antes de pegarse un tiro frente al edificio del Parlamento griego. Lo hizo para no “tener que rebuscar comida entre la basura para sobrevivir”. Y para protestar contra la claudicación de “su” gobierno ante el FMI y la Unión Europea al servicio de la banca alemana.

La asistencia a las manifestaciones del 29 de marzo durante la huelga general, las del 12-15M y las del 22 de mayo durante la huelga contra los recortes en educación ha mostrado que, al menos en Extremadura, el 15M aún no es capaz, no somos capaces, de reunir a la mayoría. Por más que estemos convencidos de que representamos el interés general. Ni siquiera estamos cerca del poder de convocatoria de los sindicatos mayoritarios. Parece incluso que, a través de la publicidad y los medios de comunicación, el sistema esté empezando a asimilar el movimiento, a paliar su capacidad de subversión. No podemos dejar que el 15M se convierta en algo cotidiano e inofensivo.

Urgidos por Dimitris, los jóvenes seguimos buscando la manera de cambiar este sistema que mata. Si bien parece que las manifestaciones masivas no van a solucionar nada, asistir a ellas es un ejercicio de expresión indispensable contra la injusticia y la desigualdad (pero ¿qué pasaría si, de cara a la próxima manifestación, todas los municipios extremeños convocaran a sus manifestantes en Mérida para que, por miles, concurriéramos frente al edificio de la Asamblea con el fin de ocuparlo pacíficamente hasta que se escucharan nuestras exigencias?). Para el Zygmunt Bauman de En busca de la política, cuya edición original se publicó en 1999, doce años antes de la Primavera árabe, lo que caracteriza nuestro tiempo (más valdría decir nuestro espacio) es la ausencia de puentes entre el ámbito privado y el público que puedan transformar las preocupaciones individuales en sentimientos colectivos. A falta de esos puentes, de vez en cuando surgen globos llenos de preocupaciones y demandas individuales que estallan nada más aterrizar en el espacio público o, como mucho, antes de cumplir su objetivo. Pero quizá el objetivo inmediato del 15M no fuera la toma de instituciones del antiguo régimen, como hicieran aquellos otros, ojo con el anacronismo, “manifestantes” que tomaron la cárcel de la Bastilla en 1789 y triunfaron (antes que el edificio del Congreso, yo propondría ocupar el Pirulí). Y quizá sí lo fuera proponer pequeñas soluciones a grandes problemas: poner nombre a los culpables de la crisis financiera, la recesión económica y el fin del Estado del Bienestar, ocupar las casas en propiedad de bancos que, como Bankia, siguen ejecutando desahucios mientras los rescatamos con nuestro dinero, contrarrestar con nuestro discurso su publicidad, su buena imagen construida a base de anuncios en los que aparecen bebés. Seguir aprendiendo de las formas de lucha de siempre, como las huelgas de los mineros de Asturias o las estudiantiles de Quebec. “Vamos lento porque vamos lejos”, dicen desde Democracia Real Ya. Pero, aun sabiendo que nuestro mejor aliado es la opresión que ejerce el propio capitalismo, ¿qué precio tendremos que pagar por nuestra tardanza? Los recortes de Rajoy no esperan. El caso del suicida griego no es ni será, por desgracia, el único.

Necesitamos, repito, ser mayoría y actuar (no sólo representarla).

Yo me expresé en las tres manifestaciones que mencionaba arriba. Y el 11 de mayo, coincidiendo con el Día Internacional del Comercio Justo, me acerqué al puesto que Setem montó en el paseo de Cánovas y compré un bote de cacao instantáneo. Días después, les visité en la pequeña tienda que, en el mismo edificio que el bar Habana, abre lunes y jueves por la tarde y compré un paquete de café. Tenemos que consumir de otra manera: tenemos que dejar de contribuir con nuestro dinero a perpetuar este sistema injusto.

Y el 12 de mayo, coincidiendo con el primer anivesario del 15M, Conchi L. Andrada y yo liberamos por Cáceres los 67 ejemplares del fanzine cultural que coeditamos y al que hemos llamado Sara Mago. Se trata de un proyecto que nos ha llevado varios meses de trabajo, un fanzine de creación y análisis cultural que busca remover conciencias y hacer comunidad, sumar las fuerzas que estén dispuestas a transformar las cosas. En este número cero hemos incluido una propuesta para que participéis con vuestras fotos en un proyecto artístico más amplio que reflexiona sobre la identidad y, de manera especial, sobre la identidad de género. Sólo necesitáis una cámara y un espejo.

Sara Mago. Fanzine cultural, como el resto de iniciativas a las que me refiero en este texto, no llegará a nada si no os unís, si no os animáis a participar.

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