Cabeza de turco. Günter Wallraff

Günter Wallraff (1942) es un periodista de investigación encubierta y un activista político alemán. Durante la segunda mitad del siglo XX, participó en acciones contra varias dictaduras europeas y fue encarcelado. Ha publicado numerosos libros y reportajes, en los que, siempre del lado de los dominados, destapa los abusos del sistema capitalista. Su trabajo como periodista encubierto consiste en disfrazarse y adoptar otra identidad para experimentar por sí mismo las injusticias que pretende denunciar. No se trata de un tipo de periodismo muy ortodoxo, ya que el material de sus reportajes es él mismo, su propia experiencia, pero, eso sí, nunca tiene otro objetivo que el de servir de altavoz de la injusticia que los demás sufren todos los días. Quizá el trabajo de Wallraff podría entenderse también como una especie de performance artístico-periodística basada en el body art. No sé muy bien lo que digo, pero lo digo…
Cabeza de turco (Anagrama, 1987) no es una novela. Publicado en 1985 en Alemania, donde se convirtió en todo un best-seller, se trata de un testimonio periodístico, no literario, sobre los diversos trabajos (o sub-trabajos) que realizó Wallraff en el papel de Alí, el trabajador turco en que se convirtió después de ponerse una peluca negra, unas lentillas oscuras y destrozar su alemán nativo (he aquí una transformación a veces un tanto pueril pero también muy literaria, sobre todo en su parte lingüística). Un reportaje sobre las condiciones laborales y sociales de los inmigrantes en la Alemania de los 80. “Hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad, hay que engañar y fingir para averiguar la verdad”, escribe el autor en el prólogo, titulado “La metamorfosis”. Toda una poética de la literatura política.
Alí el Turco trabaja, por ejemplo, como empleado de la franquicia de hamburgueserías Mc Donald’s, como obrero de la construcción y, a través de una empresa subcontratada de trabajo temporal, sin papeles, pone su fuerza al servicio de la industria pesada y se convierte en testigo del negocio que las grandes farmacéuticas obtienen de la fabricación de cosméticos, previamente probados, a menudo de manera ilegal, sobre humanos. La mayor parte del libro se centra en la estancia de Alí/Wallraff en las instalaciones siderúrgicas del grupo empresarial Thyssen. En aquella época, la política del grupo consistía en reducir al mínimo la plantilla de trabajadores fijos para sustituirlos por empleados temporales, que, con un sueldo, un equipamiento y unas condiciones laborales muy inferiores, resultaban mucho más baratos. La práctica habitual en Aceros Thyssen también incluía (no sabemos si sigue incluyendo) la explotación horaria hasta el agotamiento de los empleados temporales y el descuido de las medidas de seguridad, que ponía en riesgo la salud de unos trabajadores frecuentemente expuestos a envenenamiento por las toxinas que emanan de los residuos de los metales pesados. No dejo de usar expresiones tópicas como “explotación horaria” o “poner en riesgo la salud”, quizá porque se refieren a situaciones que ¿quién no ha experimentado o presenciado en su puesto de trabajo? La “alta siniestralidad laboral” de estos  empleados sin contrato (“oficialmente no estás aquí”, le dice un capataz a Alí) se rentabiliza gracias  al fraude sistemático a las compañías aseguradoras. He aquí otro motivo literario: el trabajo en los altos hornos de Thyssen: otra bajada a los infiernos. Pero la trama de Cabeza de turco no es, repito, ficticia, es “real”, por eso precisamente a veces parece inverosímil. La historia de Alí parece narrada por un Sade post-industrial en el mejor de los mundos posibles diagnosticado por Leibniz: en la Alemania en plena crisis de los 80 también todo parecía poder ir a peor. Y, como en los libros del divino marqués, en el de Wallraff hay cierto maniqueísmo. Por un lado, los empresarios alemanes que, dependiendo de la zona, se afilian al partido socialdemócrata o al democristiano para conseguir más y mejores contratos y encargos, tanto públicos como privados, personajes/personas que me recuerdan a los usureros de las novelas de Dickens o Galdós. Y, por otro lado, los trabajadores, sobre todo, turcos (también algún que otro alemán, africano o europeo del este), solidarios, pacientes, víctimas del clasismo y el racismo. Algunos llegaron a teñirse el pelo de rubio para intentar parecer alemanes, como hicieron, según cuenta Luis Landero, creo, en El guitarrista, los españoles que emigraron a Francia alrededor de los años 60. Pero con la nacionalidad tampoco llega la igualdad: Wallraff narra varios casos de hijos de turcos cuya lengua materna es el alemán, que se sienten alemanes, que sólo han estado en Turquía de vacaciones, que apenas entienden el turco y que, a pesar de la incompetencia lingüística (en sentido técnico) de sus padres, se comunican con ellos en alemán. Sin embargo, para los alemanes siguen siendo extranjeros, otros.
Las historias de Alí forman la cara B sobre la que se construye la comodidad de nuestro primer mundo, signifique esto lo que signifique… Un primer mundo capitalista y pseudo-cristiano, moralmente conservador, que, me atrevería a decir, nunca ha tenido en cuenta el Nuevo Testamento.
A menudo, contra la discriminación generalizada, los trabajadores de Cabeza de Turco alegan que fueron los empresarios alemanes quienes, tras la sangría de la Segunda Guerra Mundial, viajaron a Turquía para contratarlos, que al principio no inmigraron de formar ilegal (“ilegal”: ninguna persona es ilegal). Pero los obreros europeos nos quejamos de que vienen a quitarnos el trabajo que no queremos hacer. Es importante tenerlo claro: los responsables de la inmigración “ilegal” (y del mercado laboral “negro”) no son los inmigrantes, que, debido a la situación desesperada de que habitualmente proceden, están dispuestos a trabajar más horas por menos dinero, sino los propietarios del empleo: los empresarios. Prefieren contratar mano de obra extranjera y poco cualificada (capital humano, no personas) de forma, esta vez sí, ilegal, pero barata, mientras hablan de la patria, de la nación y de la moral que se resquebraja ante la invasión extranjera. Ideas abstractas. Los beneficios, el dinero, no tienen moral. El problema no lo han creado los bárbaros. El reportaje de Wallraff recoge el testimonio de un empresario que, siempre que resulte más barato, reconoce preferir comprar máquinas que contratar a personas ¿Qué puede un individuo contra la ley de bronce del capitalismo?. Tanto es así que, al final de su reportaje, Alí/Wallraff traza con unos amigos una especie de happening para demostrar que el propietario de la ETT para la que trabaja está dispuesto a mandar a sus empleados a un encargo mortal (“asesinato a plazos”, lo llama el autor alemán).
No quiero terminar esta reseña sin llamar la atención sobre la mala edición de Anagrama. He leído el libro en la colección de bolsillo Compactos y cada vez que vuelvo a consultar algún dato de la contracubierta, cuyas mínimas letras están impresas en negro sobre fondo azul eléctrico oscuro, como si la editorial no quisiera que la gente las leyera, creo que me aumenta una dioptría.
En resumen, Cabeza de turco es un buen ejemplo de periodismo político, en el sentido de que, si bien nunca llegar a ser panfletario, pretende intervenir en la realidad. Para ello, Wallraff acompaña su reportaje con varios documentos oficiales. Un tipo de periodismo que deja abierta una puerta a la esperanza: la publicación del libro en Alemania desencadenó un intenso debate que se saldó con cambios de leyes.
Un libro para ayudarnos a entender la crisis que vivimos hoy.
Un ejemplo para ayudarnos a afrontarla.

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2 respuestas a Cabeza de turco. Günter Wallraff

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