Don Dinero: Pedro G. Romero en Casa sin fin

INTRO. Del 3 de diciembre al 5 de febrero puede visitarse en la galería Casa sin fin (c/ Pizarro, 15. Cáceres) la exposición artística Don Dinero, cuyo autor, Pedro G. Romero, es, según los entendidos, uno de los (en sentido amplio) últimos artistas conceptuales españoles más interesantes. La exposición está compuesta por cinco entradas seleccionadas de entre el fondo del Archivo FX, una colección de documentos audiovisuales relacionados con la “iconoclastia política anticlerical en España” que Pedro G. Romero (Aracena, Huelva, 1964) lleva reuniendo desde finales de los años 90. Los textos que acompañan, que informan, cada entrada dan cuenta de las circunstancias históricas, políticas y económicas que explican la acción iconoclasta y, además, la ponen en relación con movimientos y artistas recientes cuyas acciones tienen que ver, en este caso, con el dinero.

UNO. L’ argent. En una de las paredes de la galería, se muestra en un televisor la primera entrada de la exposición: la película El dinero (título original en francés: L’ argent), dirigida por Robert Bresson en 1983 sobre un guion propio basado en la novela corta de Lev Tolstói titulada El cupón falso. La película viene precedida por un collage elaborado por el propio Pedro G. Romero a partir de varias secuencias de imágenes extraídas de otra película: Rojo y negro, rodada por Carlos Arvelo en 1942.

El dinero es, a su vez, una muestra de la moral burguesa, que no impide que la empleada de un establecimiento fotográfico (espacio significativo) abra la puerta de la misma manera cortés a un cliente que a una mujer que acaba de sobornarla (“aquí todo se arregla con dinero”, parecen decir). La misma moral que asume como normal que un cabeza de familia exija a su esposa que, mientras ella se queda en casa cuidando de su hijo pequeño, no haga preguntas sobre los métodos que él emplea para ganar dinero. Creo que tiene razón Pedro G. Romero cuando, en una entrevista realizada por Valentín Roma, afirma que se trata de una película “incluso reaccionaria”: aunque no exenta de crítica al deshumanizado sistema penitenciario del llamado “Estado del bienestar”, El dinero es también el relato del final, fatal e ineludible, al que llega una víctima de la distribución y la circulación de billetes falsos.

El mencionado prólogo a El dinero está formado por una serie de imágenes seleccionadas de Rojo y negro, un film falangista y propagandístico de la inmediata posguerra. Dichas imágenes exhiben los hechos contra los que la reacción militar quiso “legitimarse”, a saber: intercambio de dinero local, quema de cultivos, robo de animales, campesinos sublevados (“emancipados”), derribo de imágenes religiosas. Sin embargo, desde un fascismo inusualmente riguroso, la cinta denuncia por igual a revolucionarios y capitalistas y critica los negocios y las lujosas fiestas de los burgueses.

Las piezas que componen esta primera entrada nos hablan de forma más o menos directa de la iconoclastia: del vacío que queda cuando, ante el riesgo constante de que los símbolos sustituyan a su referente, nos rebelamos contra las imágenes y contra la propia cultura, que amenaza con “duplicarnos”.

La Entrada: L’ argent, además, permite que, por el módico precio de 3€, te lleves a casa una copia pirata de la película. Como si de un top-manta se tratara, bajo el televisor se exhiben (para su venta) discos pirateados con la película y fotocopias y envoltorios de plástico transparente que constituyen, respectivamente, la carátula y el rudimentario “estuche”. Por más que la acción no se aleje de la lógica de la distribución de lo falsificado, piratear el trabajo de un cineasta como Bresson, generalmente percibido como difícil o incluso elitista, no deja de ser audaz.

DOS. Anti-globalización. La entrada está compuesta por un montón de monedas facsímiles de aquellas de curso local que originalmente acuñó y distribuyó la Cooperativa Mutua Católica de Manlleu (Barcelona) y de las que, en mayo de 1937, el Ayuntamiento se incautó y mandó borrar, una por una, la palabra “Católica”. En uno de los ilustrativos textos que acompañan a la fotocopia de la moneda, Pedro G. Romero compara esta acción con las pegatinas de los que en 1999 se manifestaron en Seattle contra la Organización Mundial del Comercio. Las pegatinas exhibían las siglas WTO (World Trade Organization) en el interior de una señal de prohibido.

En otro párrafo se dice esto: “El desbarajuste económico republicano se debió a la aparición de innumerables cooperativas, empresas colectivizadas, industrias autónomas que decidieron emitir su propia moneda con el consentimiento tímido de las autoridades federales, con la molestia evidente del Banco de España. La guerra no era el momento adecuado para experimentar con alternativas al capitalismo pero la elección, impuesta por la realidad revolucionaria que impusieron los anarquistas, no era voluntaria ni práctica, puesto que los fracasos económicos que se repetían por doquier no podían analizarse fríamente y, a menudo, la guerra tapaba lo que no era más que incompetencia y falta de eficacia en la gestión”. No obstante (estamos ya en otro contexto), varias experiencias actuales demuestran que empresas cooperativas y autogestionadas como las aparecidas en el seno de la Revolución Española de 1936 siguen siendo hoy un modelo viable.

El tachón de la palabra “Católica” en la moneda de curso local de Manlleu puede leerse también como el relato visual de la oposición entre las “autonomías” republicanas y el “imperio” nacional-católico (de ahí el título de la entrada). De hecho, según Pedro G. Romero (o según un texto traído a colación por él) el cristianismo fue el caldo de cultivo de la globalización. Sin embargo, partiendo del concepto de universalidad cristiana, el artista onubense propone una lucha universal (libre y que, en este caso, reconozca las diferencias) como forma de relacionarse con el capitalismo. “La izquierda”, dice, “debería secuestrar el legado cristiano”. Lo que también significa, añado yo, poner el Nuevo Testamento en manos de la gente y no en poder de las instituciones, esto es, de la Iglesia.

TRES. Papel Máquina. Esta entrada está compuesta por una fotocopia del billete de una peseta emitido en 1937 en el municipio de Pinatar (conocido antes de la guerra como San Pedro de Pinatar, Murcia) acompañada por una serie de textos de Jacques Derrida que reflexionan sobre la función del papel como soporte.

Ante la escasez de metal, que era convertido en proyectiles para la guerra, el Gobierno republicano no tuvo más remedio que autorizar la emisión de moneda local. A ello se pusieron cooperativas, empresas colectivizadas, sindicatos e incluso cuerpos del ejército, exclusivos restaurantes de la capital barcelonesa o ayuntamientos, simplemente por “orgullo localista” o por competir con otros pueblos, no por razones políticas (la acuñación de divisa propia solía estar apoyada por la eliminación de elementos referentes a la Iglesia o a la monarquía en los topónimos). Las emisiones de moneda local se realizaron sobre todo tipo de metales pobres y hasta sobre cartón o celuloide. En concreto, el sindicato de Trabajadores de la Sal de Pinatar, llamado -atención- La Realidad, que puso en circulación el billete que protagoniza esta entrada, lo hizo sobre cartón. El billete, un pequeño cuadrado de papel pegado sobre cartón, apenas informa de su valor (1 peseta), de la entidad emisora (Salinera Española) y de su circunscripción (Pinatar). El diseño es casi minimalista: como si se tratara de un grano de sal estampado. De hecho, Pedro G. Romero destaca que, sin darse cuenta, los trabajadores de la sal “equipararon” su sal con su propio salario.

Sin embargo, no hay que olvidar que la “desacralización” del dinero, es decir, la sustitución de las monedas de metal relativamente valioso por otras acuñadas en materiales sin valor alguno, trajo como consecuencia el aumento del gasto, el derroche y el menosprecio del ahorro, con el incremento consecuente de la inflación y de los precios. A la gente le costaba mucho percibir el dinero local como dinero. Los niños lo coleccionaban como si fueran fichas de juguete. En este sentido, debemos entender esta desvalorización del soporte de la moneda como la intensificación de una etapa determinada dentro de un proceso más amplio, a saber: el paso de la moneda, que originalmente era acuñada en metales como oro, plata o bronce y solía valer lo que pesaba, al billete, que, como el pagaré o el cheque al portador, no vale nada en sí mismo (en rigor, sólo vale el precio del papel sobre el que está impreso). En un billete sólo tiene valor la firma, que equivale a la promesa de pago.

La siguiente etapa en este proceso es el retroceso en el uso del papel como soporte del dinero y, por extensión, de la información. Para Jacques Derrida, su sustitución por otros medios como el ordenador, la televisión o Internet implicaría, por un lado, una drástica reducción de la tala de árboles por parte de la industria papelera y, por otro lado, un abaratamiento del acceso a la información y a la comunicación global, del que deberían beneficiarse todos los grupos sociales (recordemos la lucha universal de la entrada anterior). Tengamos en cuenta que, según el polígrafo francés, la desigualdad en el consumo de papel es uno de los índices de la desigualdad entre ricos y pobres. Entre otros factores, las diferencias en el acceso y manejo de libros implican desigualdad en la cultura, las diferencias en la cantidad de billetes manipulados implican desigualdad en la economía y las diferencias en el acceso a libros de texto, fotocopias… implican desigualdad en la formación. Etc.

CUATRO. Las correspondencias. La siguiente entrada del Archivo FX exhibida en Don Dinero está formada por una serie de cartas que Pedro G. Romero escribió para La comunitat incofessable, uno de los proyectos con que Catalunya participó en la Bienal de Venecia de 2009. Junto a las cartas, se exponen las ediciones originales de tres libros clave para su redacción: las Cartas luteranas de Pier Paolo Pasolini, las Cartas desde la cárcel de Antonio Gramsci y Querido Miguel de Natalia Ginzburg. Por último, el visitante puede ojear otro libro: Las correspondencias, construido con las epístolas escritas por el artista onubense y publicado por Casa sin fin en coedición con Periférica.

Los textos ficticios de Las correspondencias, cuyos destinatarios y remitentes toman el nombre de habitantes reales de la propia Venecia, nos hablan de amor y de dinero, de historias subversivas protagonizadas por personajes cotidianos, como ese señor que, durante una redada de los carabinieri en busca de inmigrantes en pleno vapor turístico, primero se asusta y luego se escandaliza, y misteriosos, como ese joven procedente ¿de Dublín o de Berlín? alrededor del que se pone en marcha toda una red de acogida y préstamo de dinero, que, a pesar de que parece huir de algún sitio, no pierde la oportunidad de explicar detalladamente a un empleado ferroviario la forma de sabotear las líneas del tren de alta velocidad. Aunque quizá más interesante aún, si cabe, sea la respuesta del empleado.

Por más que las cartas debieran servir para comunicar, éstas a veces no pueden más que expresar incomprensión. Partiendo de esa dificultad, la carta número 21 me parece una declaración de intenciones acerca de la misión del artista y del escritor en la actualidad. Y esa misión no es otra que convertirse en descodificadores (quién no se acuerda del de Canal +) de la cultura.

En la última carta (añadida como epílogo a la edición en libro), esta vez dirigida al lector directamente por el autor, destaca una frase perturbadora: “el lenguaje reducido a mera comunicación es simplemente dinero”. Toda una poética. Una constatación que coincide con la distinción que Pierre Bordieu hace en Las reglas del arte entre arte/literatura comercial y arte/literatura vanguardista.

Y al fondo, para terminar, Venecia: la ciudad-pantano donde surgió el capital financiero, se concedieron los primeros créditos y se crearon los primeros bancos.

CINCO. Tesauro: Pesetas. Fotocopias de una selección de 22 billetes extraídos del Archivo FX, siguiendo la lógica de la muestra, acompañadas por textos que las ponen en relación con otras acciones artísticas ligadas a la iconoclastia o al dinero. En rigor, podría tratarse de la conexión de dos acciones artísticas, ya que Pedro G. Romero parece percibir el proceso de creación de estos billetes como una acción artística en sí misma. Los billetes, de curso local, fueron puestos en circulación por distintos ayuntamientos, cooperativas y colectivos catalanes a lo largo de 1937.

Las relaciones entre alguna característica de la imagen o la historia del billete y la acción correspondiente son reveladoras. Aquí se reflexiona sobre el hecho de que alguno de estos billetes locales tenga un diseño parecido al del billete de un dólar, alguno esté decorado con la cara de una mujer de pueblo (“ni santa ni heroína”) o muchos de ellos en 1939 acompañaran a los exiliados a Francia, donde el dinero perdería todo su valor. Se reflexiona a partir de iniciativas artísticas muy críticas como el grito de asco de Dinero gratis, la Huelga de Arte o la distribución de billetes de 100 marcos de la República Bananera de Alemania con la cara de un Neandertal estampada.

El Archivo FX (y en especial Don Dinero: varias entradas de esta exposición lo demuestran) es también una Historia del dinero en la España de 1937.

OUTRO. De acuerdo con el poeta surrealista Benjamin Peret, al que sigue Pedro G. Romero, el incendio de las iglesias de Barcelona durante 1936 había sido la mayor obra de arte de la modernidad. Georges Perec diría que no se trataba más que de “efectos especiales” (recuerden: Archivo FX -efectos especiales-). Más recientemente, en 2001, el compositor musical Karlheinz Stockhausen, que afirmó que el derribo de las Torres Gemelas de Nueva York era la obra de arte perfecta, volvió a poner de manifiesto la relación entre el arte, que no tiene por qué ser necesariamente benigno, y la transgresión.

Alguien podrá pensar que un montón de fotocopias de billetes locales colgadas de una cuerda no es arte. En este sentido, Pedro G. Romero no es un creador de belleza, ni siquiera de imágenes. Es un intérprete (pero no en la acepción en que David Bisbal o Lady Gaga interpretan las canciones que otros les componen): es un creador de sentidos. Su obra (sus acciones) consiste en descubrir relaciones. A propósito de las imágenes de estatuas rotas, iglesias quemadas y lienzos acuchillados, pertenecientes en su mayor parte al período de la Segunda República, que componen el Archivo FX, Valentín Roma ha hablado de “contrasentido”. Quizá ese contrasentido radique en la sospecha de que la única manera de destruir el significado sea destruyendo la forma.

Don Dinero, pues, invita a reflexionar sobre el fin del arte. Sobre el fin como final y como finalidad. Sobre el objetivo y la destrucción del arte. Desde una posición nihilista (entendido el nihilismo como oposición al dogmatismo, al conformismo ideológico, y no -esto es importante- como negación de la ideología ni como cinismo o indiferencia política), Don Dinero aporta una crítica radical del sistema monetario del capitalismo, pero también de las alternativas económicas que sobre todo en la Cataluña de 1937 se llevaron a cabo desde el otro lado (principalmente por parte de anarquistas y cooperativistas). Por eso me gustaría recomendar especialmente esta exposición a los sindicalistas de CNT (quizá de los pocos que en estos tiempos siguen ofreciendo una alternativa honesta). Porque esta es una exposición para aprender del pasado. Para adquirir cierto conocimiento del mundo y para ayudarnos a pensar lo inexistente, es decir, la utopía.

Y todo esto en Casa sin fin, que quizá se llame así por lo difícil, por no decir imposible, que resulta apreciar sus exposiciones sin llevarte a casa las películas, los libros o el dossier que amablemente te prepara Inés, la encargada, con las copias del resto de “cosas modernas” que a menudo componen las muestras. Tu propia casa como prolongación de la galería.

Todo esto en (y desde) Cáceres.

*Este artículo fue originalmente publicado en caceresentumano.com en enero de 2011.

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