Caminando por las Hurdes

portada de la primera edición de Seix Barral (1960)

En agosto de 1958, Armando López Salinas y Antonio Ferres recorrieron a pie las Hurdes para comprobar por sí mismos la legendaria miseria de la comarca. Resultado: Caminando por las Hurdes, libro de viajes publicado por Seix Barral en 1960 en el seno de la colección Biblioteca Breve (y reeditado por Gadir en 2006). En la nota preliminar, los autores explican que su viaje se inserta en un proyecto generacional más amplio que, junto a textos como Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela y Campos de Níjar de Juan Goytisolo, consistía en narrar la intrahistoria de España.

Conocer para comprender, escriben los autores. Ese es el sentido de su viaje.

Durante su periplo por los municipios y alquerías hurdanos, Armando y Antonio siguen los pasos de viajeros anteriores como Maurice Legendre, intelectual católico que visitó las Hurdes por primera vez en 1912 y se convirtió en el principal divulgador de la situación de la comarca. No en vano, en 1914 animó a su amigo Miguel de Unamuno a recorrerla y en 1922 formó parte de la Comisión Sanitaria que, dirigida por Gregorio Marañón, preparó la visita de Alfonso XIII durante el verano de ese mismo año. Finalmente, en 1927, Legendre presentaría en la Universidad de Burdeos su tesis doctoral, titulada Las Jurdes: étude de géographie humaine, un estudio antropológico que, a su vez, inspiraría el viaje y el documental de Luis Buñuel. Filmado en 1932, Tierra sin pan alcanzó una amplia repercusión no exenta de polémica y logró llamar la atención sobre el problema hurdano, lo que no evitó que, sin embargo, el enfoque sensacionalista de algunas secuencias, los planos poco naturales, que evidencian escenas preconstruidas, como aquella en la que aparece un burro devorado por abejas (los burros muertos son un motivo recurrente en el imaginario de Buñuel), contribuyeran sobre todo a extender y exagerar la leyenda negra de las Hurdes. Comoquiera que fuese, el itinerario que sigue el documental es confuso: se alternan imágenes de varios pueblos sin que a menudo el espectador sepa de qué localidad se trata. La cinta no intenta tanto comprender la realidad hurdana como, en consonancia con el surrealismo, partir de ella para escandalizar al espectador. Al mismo tiempo, secuencias como la del burro, que aparece atado junto a unas colmenas, nos plantean preguntas muy actuales relacionadas también con el periodismo en guerras y catástrofes: ¿pudieron salvar al animal los documentalistas o prefirieron no intervenir para obtener una imagen más espectacular? ¿Hubiera conseguido el film la misma repercusión de no haberse acercado al sensacionalismo? ¿La repercusión justifica la no intervención? Etc.

Uno de los objetivos de Caminando por las Hurdes era precisamente reivindicar, más de 20 años después, la vigencia de algunas de las situaciones que denunciaba Tierra sin pan. Pero, para ello, Armando y Antonio se sirvieron de medios muy distintos a los utilizados por el documental de Buñuel. El motor de su viaje es una mirada generosa, una curiosidad no erudita hacia la gente. El texto resultante está vertido en un estilo sencillo, testimonial, a través del cual el lenguaje cede ante los hechos. Narrado en presente, a veces parece un cuaderno de apuntes (sería interesante investigar sobre el método de trabajo, de redacción, que adoptaron los autores). Un bloc de notas que, acompañado por algunas imágenes del paisaje hurdano, se acerca al reportaje fotográfico. Las fotografías, no obstante, son algunas de las tomadas por Oriol Maspons en 1960 y algunos fotogramas de Tierra sin pan cedidos por el cineasta aragonés: debido a un accidente, los viajeros no pudieron sacar “más fotos que las de su prosa”. Los fotogramas de la película de Buñuel, recordemos: rodada en 1932, podrían parecer un reflejo anacrónico de las Hurdes de 1958 narradas en el libro, pero, como éste mismo demuestra, la realidad hurdana no había cambiado tanto. Las imágenes tomadas por Maspons, que, desde la misma portada, dan cuenta del paisaje en blanco y negro de la comarca, me recuerdan a algunas fotografías de Virxilio Viéitez.

Como el de Legendre, el camino de Armando y Antonio comienza en La Alberca. Allí toman contacto con la presencia constante de las moscas que acosan la cara de los críos y aun de los adultos y que anuncian, a la manera de las moscas de Sartre, al que cita un turista francés, la entrada a las Hurdes. Siguiendo la carretera, llegan a las Mestas, el primer pueblo hurdano y, también, el pueblo de mi madre. En la taberna, en la que no se sirve carne (más tarde, un campesino les dirá que sólo la come aquél que tiene la suerte de matar un jabalí en el monte), los viajeros se sienten forasteros. Notan el rechazo que provocan en la pareja de taberneros y en los hombres que juegan a las cartas (en otros pueblos ni siquiera tienen este entretenimiento: ya se sabe, el ocio surgió una vez asegurada la supervivencia). Un rechazo quizá originado por la consciencia de los hurdanos acerca de la leyenda negra que hitos como el documental de Buñuel contribuyeron a extender. Finalmente, los viajeros consiguen hacerse cercanos a los circunstantes citando las famosas palabras de Unamuno sobre la relación materno-filial entre la tierra y los hombres y entre los hurdanos y la tierra. La tabernera les sirve unas latas de conserva.

Después de comer, “los viajeros se sientan junto al río a pasar la tarde del domingo”. Su objetivo es mezclarse con la gente, no estudiarla. Un chico les cuenta que en el pueblo los jóvenes no fuman: no tienen dónde comprar tabaco.

Otro de los personajes ilustres que visitó las Hurdes fue Francisco Franco. El campesino del jabalí les cuenta que, gracias a él, ahora vive y trabaja un médico en el pueblo. Mi abuelo, también natural de las Mestas, me explica que un día de 1954 les colocaron a todos en la carretera para recibir a Franco, que no se detuvo: pasó de largo saludando desde un descapotable escoltado por las motos de la guardia mora. A su paso, los mesteños le gritaron: “¡Franco, luz y médico! ¡Franco, luz y médico!” La misma petición, el mismo grito, con que más tarde se mofarían de ellos en La Alberca.

mapa de las Hurdes con el itinerario seguido por los viajeros

Los viajeros siguen descendiendo por la carretera al encuentro del río Hurdano y de Vegas de Coria, otra alquería, y de ahí a otros ríos, arroyos y municipios. Sin embargo, no hay más viaje interior que el del propio lector. El texto compuesto por los autores está trenzado casi exclusivamente por una atención continua al paisaje natural y humano, por las conversaciones de los lugareños con los viajeros, que, más tarde, les cederán su voz (esta expresión empieza a ser un tópico. No lo era entonces. Tomemos nota):

Los viajeros se detienen para almorzar. Un ligero viento con olor de pinos mueve la hojarasca del suelo y hace que caiga desde un árbol un nido abandonado. La voz del viento calla y se oye piar un pájaro.

El libro de viajes parece una evolución inevitable, una decantación, del Neorrealismo narrativo en el que se inscribe el libro. El paso necesario del texto de ficción al texto como testimonio, como documento (ahora) histórico. De hecho, había pensado titular esta reseña “Neorrealismo en Extremadura”. A alguien podrá sonarle extraña la unión de estas dos palabras. A mí me apetecía juntarlas.

Otro rasgo neorrealista típico de Caminando por las Hurdes: la atención detallada, pre-filológica, al habla local.

Aunque, a lo largo de su periplo, los viajeros se encuentran con varias mujeres trabajando con azadas al pie del camino, arreglando las terrazas de cultivo estropeadas por la lluvia, en la comarca la mujer, la dominada por los dominados, todavía es percibida por algunos como una carga, como una boca más que alimentar:

-Pobres mujeres -añade Armando-. Siempre dobladas sobre la tierra. Estarán ahí, dale que dale, sólo esperando a que llegara el agua, con un ojo puesto en el cielo, temiéndole, y otro en los chicos, por ver si llenan la tripa con una buena cosecha. Y las muchachas esperando para ir al Cottolengo, o a que un mozo las diga algo y las haga un hijo. Para después lo mismo, cavar, transportar piedras, ir a misa a un pueblo que está a tres kilómetros más allá, y dejarse los hígados tras la azada.

En Caminando por las Hurdes, también tienen voz las mujeres.

Y, a pesar de la casi total carestía, poco a poco va llegando la contemporaneidad a la región. Los autores son testigo de la construcción de infraestructuras telefónicas cuyo coste de instalación tienen que sufragar los habitantes de cada pueblo, coste que excede con mucho el salario de los raros privilegiados que ganan uno. Muchas alquerías no podrán pagar la suma exigida. Los autores también son testigo de las consecuencias de la repoblación de pinos en la zona: un pastor se queja de que los guardas forestales les prohíban talar los pinos para hacer carbón y venderlo, así como pastorear las cabras, que se comen los brotes nuevos, en las inmediaciones de los pinares. En Pinofranqueado, ante los pinos recién plantados, los viajeros profetizan que Pinofranqueado algún día será “un pueblo de madereros”. En efecto, en la localidad hay hoy una mediana industria del mueble. Sin embargo, ya casi al final de su trayecto, Armando y Antonio se dan cuenta de que la extrema pobreza de las Hurdes interiores no tiene tanto que ver con la falta de teléfono o de la electricidad exigida por los vecinos de las Mestas como con la incomunicación, con la falta de carreteras que comuniquen el interior de la comarca con el resto de España. La vida en la misma población de las Mestas, conectada por carretera con La Alberca, y en Caminomorisco y Pinofranqueado, conectadas igualmente con Plasencia, a la que las unía incluso una línea de autobús, no era tan difícil (o no era muy distinta de la vida en el resto de pueblos de la posguerra española).

La única manera de llegar a la alquería del Gasco era atravesar el monte siguiendo una senda que no aparecía en los mapas. Solamente cuando los viajeros se quedan solos, perdidos en medio de la sierra, vuelven su atención sobre sí mismos. Eso sí, sin olvidarse nunca de los otros. Ante unos bancales, unas terrazas de olivos y cultivos levantadas sobre los riscos, Antonio comenta: “Es el trabajo de unos hombres con un ansia terrible de persistir. Trepar doscientos metros para escardar unas patatas, subir unas espuertas de tierra o cuidar unos arbolillos.” Sus palabras me recuerdan algunos pasajes de los Carnets de Albert Camus. Me apetece, otra vez, juntar otros nombres, imaginar situaciones, incluso textos: Camus en las Hurdes.

A su llegada al Gasco, los pastores Gil y Pedro cuentan a los autores (por supuesto, con otras palabras) que en medio del aislamiento hay lugar para la utopía, aunque, eso sí, paupérrima. Una utopía muy lejos del idealismo. Allí casi todos son pastores. Cada día, un vecino cuida del rebaño del pueblo, compuesto por las cabras de todos. Cuantas más cabras tienes, más días cuidas del rebaño. Nadie se niega. Los tres perros pastores que hay en el pueblo también son de todos. El encargado de pastorear el rebaño les echa de comer. Cuando una cabra se queda atrapada entre los riscos, los hombres suben con cuerdas y colaboran entre todos para bajarla a hombros. Cuando hay que trashumar en busca de otros pastos, unos se alejan del pueblo con las cabras y otros se quedan trabajando en el campo. “Vivo para trabajar”, afirma Gil, que, a diferencia de Pedro, no bebe ni fuma. Ninguno de los dos abandonaría las Hurdes para trabajar la tierra de otros. Prefieren quedarse. Sólo se irían si les dieran una tierra más fértil que trabajar para sí mismos.

“Nosotros también somos pobres”, dicen los viajeros en otro lugar del libro, “y también trabajamos. Mientras los campesinos y los obreros sean pobres y no sepan leer los escritores seremos tan pobres como ellos”. He aquí toda un poética. En su libro Tramas, libros, nombres, José-Carlos Mainer destaca la inocencia y la solidaridad que guían los textos neorrealistas en comparación con el narcisismo de “los frutos literarios del desarrollo político y social de los últimos treinta años”. La lectura hoy de Caminando en las Hurdes, añado yo, ofrece una experiencia empática y, por lo tanto, dolorosa en tiempos de la sociedad del espectáculo y del pseudo-periodismo de mirada sensacionalista sobre “temas sociales”, que cada vez pertenece más a la industria del entretenimiento que a la de la información.

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2 respuestas a Caminando por las Hurdes

  1. Daniel Hernández dijo:

    Hola

    Recientemente se ha filmado el cortometraje “El último Neandertal” en la provincia de Cáceres, entre la comarca de las Hurdes; El Ladrillar, Las Mestas.

    Este cortometraje trata de promocionar la zona mostrando preciosos paisajes como el Meandro del Alagón, a través de una graciosa historia en la que un matrimonio de escapada de fin de semana vive una serie de divertidas aventuras en las Hurdes al encontrar lo que parece ser un Neandertal de la edad de piedra.

    Este cortometraje se presenta al concurso de cortometrajes de Extremadura en el que el voto del público es fundamental para ganar, la victoria en este concurso supondría una gran promoción tanto para el cortometraje como para las distintas comarcas de Cáceres donde ha sido filmado. Es por eso que te animamos a verlo y a votarlo a través de un comentario en el siguiente enlace.

    http://www.hospederiasytu.es/blog/2011/cortometraje-el-neandertal/

    Si te gusta el proyecto ayudanos a promocionarlo colgándolo en tu web o enviándoselo a tus contacto.

  2. facebool dijo:

    me gusta mucho todo lo relaconado con las hurdes porqe es mi tierra la amo y la llevo en la sangre es como un dia se dijo el paraiso de extremadura y qe razon tenian qe sabia palabra sere hurdana y lo llevare con horgullo hasta qe me muera tierra grande de gente trabajadora y buena qe loda todo ha canbio de nada

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