El legado de Philip K. Dick, a 30 años de su muerte

El fascismo como práctica espacial:

“La idea de un mundo alternativo no es novedosa, de hecho, es el sello del género de ciencia-ficción, desde H. G. Wells a Gene Roddenberry. Pero las novelas de Dick la ponen en práctica de maneras sorprendentemente astutas; (…). Alcanza la versión más intolerable de los efectos del trauma en una novela relativamente bien conocida, El hombre en el castillo (1962). Su premisa básica es de una sencillez abrumadora: Alemania y Japón han ganado la Segunda Guerra Mundial. Tras el consiguiente reparto del botín mundial, los EEUU han sido divididos en tres zonas: una Costa Oeste gobernada por los nazis, donde tanto `los judíos y los gitanos´ como `los Estudiantes de la Biblia´ han sido prácticamente eliminados; los Estados de la América del Pacífico, bajo el `severo… pero justo´ gobierno de los japoneses; y los estados de las Montañas Rocosas, una zona neutral de pastos y desiertos que no tiene `ningún valor´ para el Eje en sus luchas intestinas por la supremacía industrial. Este ordenado reparto geocultural oculta, sin embargo, un desorden espacio-psíquico generalizado. Al principio de la novela, Adolph Hitler ha sido recluido en un centro psiquiátrico, Martin Bormann gobierna como Reichskanzler y la superficie entera del globo, es más, hasta los confines del universo conocido se han convertido en el escenario de la representación del dominio nazi. El Mediterráneo se ha drenado para tierras de cultivo, la población de África ha sido borrada por medio de bombardeos atómicos o reterritorializada como esclava, ha empezado la colonización inicial de la luna y de Marte y los alemanes traman un complot para arrasar las islas japonesas con ataques nucleares. La estructura social dominante es psicótica, pues los nazis han mitificado su versión de lo que Lefebvre llama espacio absoluto: una espacialidad en apariencia transparente, inmutable, ideal -la de conceptos como Land, Volk, Lebensraum- desconectada de la realidad de lo social. De hecho, hasta la propia supervivencia de este mundo de posguerra está amenazada por `el sentido [nazi] del espacio y el tiempo. Frente al profundo, negro y vasto más allá, solo alcanzan a ver el aquí y el ahora: lo inmutable. Y eso es fatal para la vida´.

(…) Otra novela, La langosta se ha posado, escrita por el autor epónimo Hawthorne Abendsen, se erige en el centro de El hombre en el castillo. Se trata también de un texto sobre un mundo alternativo. La premisa por la que se rige, que los aliados derrotaron a Japón y Alemania. En el mundo de El hombre en el castillo esta posibilidad es tan estimulante que el aparato nazi ha prohibido el libro. Cuando Juliana Frink, la protagonista, descubre durante un viaje por carretera hasta la casa de Abendsen en Denver que Joe Cinadella, su pareja y acompañante, es en realidad un agente nazi enviado para asesinar al anterior, le corta el cuello y continúa sola para avisar a Abendsen de futuros ataques. Devota del I Ching, enfrenta a Abendsen con sus sospechas de que fue el oráculo quien guió la escritura de la novela y, al consultarlo ella misma, descubre que el libro de Abendsen contiene una `verdad interior´: `Alemania y Japón perdieron la guerra´. Al final de la novela, Juliana se sube de nuevo al coche para volver a un motel, ese espacio de anonimato pasajero, y suponemos que para llevar la verdad a casa, cualquiera que, a la luz de su descubrimiento, pueda ser esa patria”.

Sara Blair, “Cultural Geography and the Place of the Literary” en American Literary History, vol. 10, n. 3, 1998; pp. 544-567.

Marines estadounidenses posan junto a la bandera de la SS nazi en Afganistán en septiempre de 2010.

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#29MHuelgaGeneral en Cáceres

Ayer no se solucionaba nada yendo a trabajar o quedándose en casa. Quizá tampoco se haya conseguido nada con una huelga general (harían falta más: una concatenación indefinida de huelgas hasta que se cumplan nuestras exigencias). Pero el actual panorama laboral vuelve insostenible la lucha faltando al trabajo. Hacen falta, es sabido, nuevas formas de protesta. Por eso ayer también había convocada una huelga de consumo: no todos podían permitirse faltar al trabajo, pero todos podíamos haber dejado de consumir. Es decir, si quizá cada vez sea más difícil resistir parando por completo la producción, siempre podremos frenar el consumo. Se nos pedía, nos exigíamos a nosotros mismos, un poco de ascetismo para contrarrestar el consumismo. Por eso (por la dificultad de afrontar las consecuencias de faltar al trabajo) quizá la hora elegida para la manifestación contra la reforma laboral del gobierno del PP fuera las 18:30. Estoy convencido de que muchos de los 10.000 asistentes (según los sindicatos convocantes. 3.500 según la Delegación del Gobierno) fueron a trabajar por la mañana y manifestaron su malestar por la tarde. Se trataba de lanzar un mensaje de oposición individual, cada uno, con su pancarta, el que creyera conveniente, y colectivo, de clase. Un mensaje de hartazgo contra una crisis sistémica producida por las especulaciones de la élite financiera (bancos y firmas de inversión) con la complicidad de los políticos, que, a su vez, con sus medidas han convertido la crisis financiera en una depresión económica (hay que empezar a llamar a las cosas por su nombre). Es importante no perder de vista este contexto: estamos asistiendo a la transición del Estado social del Bienestar al nuevo Estado Neoliberal.

Fin de la manifestación: la Plaza Mayor. Allí los sindicatos mayoritarios usurparon la autoría de la protesta, tomando la palabra para agradecer su participación a sindicatos (para darse las gracias a sí mismos) y partidos, entre los que se mencionó al PSOE, artífice de la también muy dañina reforma laboral precedente. El momento tragicómico se produjo cuando, como si creyera ser un policía, como si las escalinatas del Ayuntamiento fueran suyas, un delegado de organización de no recuerdo si CCOO o UGT me dijo tímidamente que yo no podía estar allí. Y desde allí pude ver a más de 5.000 personas gritando y aplaudiendo que, no obstante, no llegaban a las 10.000 que los periódicos contaron en la Fiesta de la primavera del jueves pasado. Yo estuve en ambas manifestaciones, cada una con sus cifras, intenciones y lugares: qué distintos unos de otros.

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Ha llegado la primavera

Parece que la primavera se ha confirmado como la estación de las grandes revoluciones. Quizá también lo sea de las pequeñas, de las evoluciones privadas. A primeros de marzo (quién lo diría: matemáticamente invierno aunque climatológicamente primavera) llegó a mi casa mi primer ejemplar de Diagonal, el periódico quincenal asambleario “sin jefes, corporaciones ni partidos políticos detrás” que “no acepta publicidad de grandes empresas” a cuya edición en papel me suscribí a finales de febrero. Apenas hay rastro en él del amaterismo que temía.

El 15, también de marzo, ha sido la fecha elegida por otra publicación, ¡Rebelaos!, para tomar la calle con nada menos que 500.000 ejemplares (el mío lo cogí, para mi sorpresa, en el barril-expositor a la entrada del bar Las caballerizas de Cáceres) e instarnos a construir nuevas formas de convivencia que excluyan al Estado. Dos importantes hitos, uno que empieza, aunque recoge el testigo de iniciativas anteriores, y otro a punto de cumplir siete años, que vienen a esperanzar a los que estamos cansados de este sistema político y económico. No nos resignamos a que, como dice Constantino Bértolo en su prólogo al Libro de huelgas, revueltas y revoluciones (451 Editores, 2009) que me regaló María, mi novia (uno de los regalos más personalizados y trabajados que me han hecho), “en un contexto social y cultural en el que predomina un confortable escepticismo contra cualquier ideología que considere inaceptable que el derecho al trabajo dependa de la voluntad de los que detentan la propiedad de los medios de producción o que la mitad de la población infantil del mundo padezca grave desnutrición mientras que la basura producida por tan solo uno de los llamados países desarrollados contiene valores nutrientes que solventarían esa carencia”, el periodismo, como la literatura, “que se niega a aceptar estos hechos como naturales o inevitables” sea marginado.

Tengamos en mente el título del texto de Bértolo: “Non serviam”.

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Sexo hembra + género femenino = mujer

Andrej Pejic

El estructuralismo y el posestructuralismo (…) han puesto de relieve la función lingüística de los signos, por la que tienden a relacionarse entre sí más que a referirse a cosas reales. Los avances en otras disciplinas han reforzado esta separación entre lenguaje y realidad. La teoría literaria postcolonial y feminista ha demostrado que categorías en apariencia reales o `naturales´ como la raza y el sexo se comprenden mejor en tanto `construcciones culturales´ que, de forma encubierta, sustituyen los argumentos objetivos sobre cómo son en realidad, por ejemplo, las mujeres por los de cómo deberían ser. Los críticos feministas han distinguido entre sexo, que es una categoría biológica, y género, que es una construcción social, y han mostrado cómo una visión del mundo androcéntrica y el orden social han intentado explicar los cambios en las construcciones de género haciendo referencia de nuevo a una supuestamente prefijada identidad sexual `natural´. La `feminidad´no es, de acuerdo con muchos teóricos feministas, una consecuencia natural o necesaria de ser genéticamente `hembra´, sino más bien un conjunto de conductas prescritas culturalmente. Este razonamiento separa en gran medida o por completo el sexo hembra de una identidad `construida´ de género femenino que sólo habita en el lenguaje y la cultura. Al tiempo que esta estrategia provee a las mujeres de oportunidades para escapar de estereotipos represivos, también representa una marcada preferencia por los argumentos culturales por encima de los naturales”.

 Greg Garrard, Ecocriticism, Abingdon y New York: Routledge, 2004.

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Escribir en comunidad

En 1981, en la segunda edición de este clásico marginal, sus autores escribían: “Se nos replantean, de todos modos, serios problemas ya no sobre el realismo o sus negaciones, sino acerca de la función misma de la literatura en una sociedad clasista cuando recordamos que -según una encuesta reciente llevada a cabo por Argos-Vergara- el 36% de los españoles nunca ha comprado un libro, el 23% no había comprado libro alguno en más de un año, en tanto que entre las clases populares (clasificación determinada según ingresos) un 68,5 % jamás compra libros.

Desde la perspectiva «realista», y ya sin dictadura ni censura (relativamente hablando: recordemos los procesos incoados a varios periodistas; la intervención de la jurisdicción militar en el caso de la película El crimen de Cuenca, secuestrada y prohibida; lo ocurrido con una obra pedagógica de tipo radical, El libro rojo del cole, cuyo editor ha sido también procesado…), el problema, pues, sigue siendo el que planteaba Blas de Otero: cómo establecer una relación significativa con «la inmensa mayoría». Quienes no se planteen tal problema siempre podrán intentar ir a ese mercado que compra entre 50 y 100.000 ejemplares (de novela, no de poesía), o dirigirse -de ser más «puros»- a los más selectos tres o cuatro mil lectores. En cualquier caso, en una coyuntura nueva que se inició hace nada entre grandes ilusiones electorales, escritores y críticos, todo el que se ocupe de los problemas de la cultura, nos vemos obligados una vez más a repensar la cuestión central que nos ha guiado a lo largo de estas páginas: cuál es la función (social: no hay otra) de la literatura. Al terminar esta nueva edición de nuestra Historia, por lo tanto, no podemos sino concluir que, como siempre, y a pesar de todo, el futuro queda abierto. En más de un sentido, por lo tanto, volvemos a aquellas palabras que decía Juan de Mairena: «Hoy es siempre todavía».

Carlos Blanco Aguinaga, Julio Rodríguez Puértolas, Iris M. Zavala; Historia social de la literatura española (en lengua castellana), Madrid: Akal, 2000.

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Ojalá

“3. Los miembros de la asamblea (boulé) salían elegidos por sorteo. Después, eran sometidos a examen para comprobar que cumplían los requisitos legales para desempeñar el cargo y juraban defender los intereses del pueblo. Al cesar de su cargo, debían demostrar que no se habían aprovechado de éste para enriquecerse (N. de la T.).”

“Es vuestro deber, por amor a la verdad, tras escuchar la exposición precisa de la acusación y de la defensa, y sólo entonces, emitir el voto en favor de los dioses, de las leyes, de la justicia y de vosotros mismos.”

“14. La parresía es literalmente el «decirlo todo» y, por extensión, el «hablar libremente». Este derecho implica no sólo la libertad de expresión, sino la obligación de hablar con la verdad para el bien común, incluso ante el peligro individual (N. de la T.).”

“El pueblo de Atenas es el soberano absoluto de todo en la ciudad y tiene derecho a hacer lo que quiera.”

Demóstentes, Juicio contra una prostituta, Madrid: Errata Naturae, 2011. Traducción: Helena González.

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Estructuras

Laszlo Toth golpeando la Pietà de Michelangelo (1972)

EL LABERINTO EN LLAMAS

I

Darte la mano y caminar es salir del laberinto.

LA CASA MÓVIL

I

Nuestro hogar será la distancia entre tú y yo.

V

ae a ao aia e ai e aeio

C

nstr hgr sr l dstnc ntr t y y

Luis Gámez, El libro de las transformaciones, Badajoz: Aristas Martínez, 2011.

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Tenemos que ser coherentes

Este, “Tenemos que ser coherentes”, es el título de la reflexión final que cierra la octavilla que le entregaron a mi tío-abuelo, tan devoto, tan soberbio a veces, en la misa del veintitantos de enero (ni siquiera, creo recordar, era domingo) de la Parroquia de San Mateo de Cáceres. Habla, imagino, el párroco:

Nos quejamos de que los cristianos no tenemos nada o casi nada que decir a esta sociedad nuestra. Parece que nuestras opiniones no cuentan y, lo que es peor, muchos se ríen y se mofan de ellas.

¿No será porque no somos coherentes en la vida? ¿No será porque no vivimos lo que predicamos, creemos y celebramos?

Porque:

  • No podemos creer en Dios y luego vivir como si Dios no existiera, sin contar con Él para nada.
  • No podemos proclamar, cuando no tenemos dificultades, que nuestro auxilio y nuestra fuerza provienen del Señor para luego, a la primera dificultad que encontramos, venirnos abajo y hasta echarle la culpa de todos nuestros males.
  • No se nos puede llenar la boca con la palabra “hermanos” si luego, cuando alguien nos cae mal o nos ha hecho daño, despotricamos contra él y lo criticamos hasta el punto de hacerle daño.
  • No basta con venir el fin de semana a celebrar la Eucaristía y salir de ella como si nada hubiera ocurrido. Seguimos haciendo mal las mismas cosas de antes: no intentamos llevar la Misa a la vida, comprometiéndonos a transformarla.

Los demás no tendrán en cuenta nuestras opiniones porque digamos que creemos en Dios o porque vengamos a Misa o porque recemos o porque estemos trabajando en un grupo de nuestra parroquia.

Nuestras opiniones serán tenidas en cuenta cuando seamos coherentes y cuando vivamos lo que decimos. Sólo entonces tendremos autoridad para denunciar los males que aquejan el mundo y seremos escuchados.

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Cáceres

He vuelto a Cáceres.

Nunca había llegado a irme del todo, pero he vuelto a vivir aquí. Esta vez, a vivir de alquiler en una casa, la de mi tía, que se vende. Habitar lo inestable parece nuestro signo, ¿verdad? Vivir en un lugar de tránsito, otro más, en uno de esos no-lugares posmodernos, como la sala de espera de un hospital o de un aeropuerto, como un hotel… Pero ¿hacia dónde transitamos?

Pronto apenas quedará rastro de los antiguos inquilinos. Se dejaron muchas cosas atrás, la mayoría inservibles: conos para señalizar carreteras, una pancarta, dos reproductores Betamax, cables, velas usadas. He llamado a Centro Reto para que vinieran a recoger algunas de las que aún eran útiles. El resto lo he tirado a la basura. También algunas cosas que sólo estaban viejas y sucias: cortinas, manteles, platos y cubiertos. Estoy borrando su paso, su tránsito, por mi casa. También dejaron mucha suciedad (mi madre tuvo que ayudarme a pintar las paredes de casi toda la casa).

Tirar las cosas viejas para comprar otras nuevas. “Eres un consumista”, me digo. Y me contesto que estoy realizando dos operaciones: una, crear mi propio espacio, marcar el territorio como el animal que soy, y dos, quemar lo viejo para dar la bienvenida a lo nuevo, como en los antiguos ritos paganos, como en las hogueras del día de san Juan.

Es curioso: a pocos metros de mi nueva calle, la galería Casa sin fin estrenaba Lo viejo y lo nuevo de Pablo Llorca.

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Lo autobiográfico

“El `yo´ puede ser entendido como una narración. La noción de uno mismo como noción narrativa en la que uno ocupa sin duda el papel de protagonista y relator, pero también, y sobre todo, el papel de lector. Un lector no tanto privilegiado como interesado, con intereses. Uno es el héroe (o antihéroe) de su propia novela pero, repito, es ante todo su propio lector. A esa lectura la llamamos lectura subjetiva, si bien lo llamativo es que el instrumental de esa lectura -como cualquier otra- es objetivo, ajeno, social. Nos leemos en el entorno social, aunque la interiorización de ese código narrativo nos haga pensar lo contrario. En esa lectura integramos, por aceptación o rechazo, las lecturas que de nosotros hace el tejido social que nos rodea: familia, trabajo, amistades, afectos, etcétera. La materia de la narración autobiográfica son las vivencias experimentadas como historias personal, la memoria plasmada narrativamente en recuerdos y olvidos. El recuerdo como acto de la memoria -la memoria rememorada- y el olvido no tanto como `inconsciente´ sino como memoria no memorable. La parte reconocible del iceberg y el volumen bajo el agua que interviene en su deriva o navegación. A su lado, esa especie de memoria futura que constituyen nuestras expectativas y la extraña latencia de las posibilidades no vividas.

La narración autobiográfica puede ser (es) narración manipulada en cuanto que es narración `deseada´, alterada en mayor grado por la `conciencia falseadora´, pero al mismo tiempo esa manipulación nunca es capaz de anular la presencia, aunque sea latente, del `texto autobiográfico´: los hechos de nuestra vida. La confrontación entre la lectura del `yo´ y la lectura textual se realiza en niveles que podemos agrupar en tres grandes núcleos: las palabras, las acciones, los valores. Las palabras que constituyen el texto, las acciones que se construyen con esas palabras y con las que se construye el entramada narrativo, y los valores que se revelan a través de esas palabras y acciones.”

Constantino Bértolo, La cena de los notables. Sobre lectura y crítica, Periférica, 2008.

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